“Ya no me atraes” fueron las cuatro palabras que terminaron de asfixiar los últimos restos del amor que aún sentía por mí mismo. ¿Por qué? ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué llegar hasta donde guardaba mis inseguridades y atacar aquella parte de mí que siempre han lastimado, que siempre ha sido repudiada? ¿Por qué te importó tanto un diente picado? ¿Por qué? ¿Por qué no, en vez de asquearte, de apartarme de ti por el aroma que ocasionaba mi carie, de insinuarme que habías empezado a pensar en otros besos, mejor elegiste ayudarme? ¿Por qué elegiste la humillación y no el cuidado? No fue el diente lo que dolió, sino la forma en que lo convertiste en sentencia. Lo usaste como excusa, como coartada para irte sin culpa, como prueba de que ya no valía la pena quedarse. Yo no perdí tu deseo, ese hermoso deseo por tu piel de canela; pero perdí el refugio que en ti encontraba. Perdí la ilusión de que alguien pudiera verme roto y aun así elegir quedarse conmigo. Y mientras tú te alejabas con asco, ...
Cuentos, crónicas, relatos de la nada y alguna que otra opinión.