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Mostrando las entradas con la etiqueta Reflexiones

Una carie, un pretexto y un abandono

“Ya no me atraes” fueron las cuatro palabras que terminaron de asfixiar los últimos restos del amor que aún sentía por mí mismo. ¿Por qué? ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué llegar hasta donde guardaba mis inseguridades y atacar aquella parte de mí que siempre han lastimado, que siempre ha sido repudiada? ¿Por qué te importó tanto un diente picado? ¿Por qué? ¿Por qué no, en vez de asquearte, de apartarme de ti por el aroma que ocasionaba mi carie, de insinuarme que habías empezado a pensar en otros besos, mejor elegiste ayudarme? ¿Por qué elegiste la humillación y no el cuidado?  No fue el diente lo que dolió, sino la forma en que lo convertiste en sentencia. Lo usaste como excusa, como coartada para irte sin culpa, como prueba de que ya no valía la pena quedarse. Yo no perdí tu deseo, ese hermoso deseo por tu piel de canela; pero perdí el refugio que en ti encontraba. Perdí la ilusión de que alguien pudiera verme roto y aun así elegir quedarse conmigo. Y mientras tú te alejabas con asco, ...

Nuestra caja de recuerdos

Por el 20 aniversario de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos Ya sé que avivar un dolor que se quiere olvidar probablemente no parezca sensato. Pero es necesario volver adonde todo acabó, adonde aparentemente no queda nada, para recuperar los pedazos faltantes, con los cuales habrá que remendar el corazón, con cuidado y con mucha paciencia, para no ocasionar más estragos. La primera vez que vi Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), supe que no había una mejor manera de representar el caos que deja una ruptura amorosa. Y es que, con el pasar de los días, aunque nos vamos haciendo la idea de que todo ha cambiado, y que la vida seguirá diferente, pareciera que la mente se negara a aceptarlo, como si decidiera rebelarse a las trágicas circunstancias y comenzara a actuar por su cuenta, sobrepasándonos. Nosotros sabemos que todo se ha ido al carajo, o que fuimos encaminándonos lentamente hacia allá, pelea tras pelea, con conversaciones cada vez más predecibles, con...

¿Cuál es tu peculiaridad?

—Porque no me gusta cuando el sabor del agua se mezcla con el de la comida en mi boca —dije al momento de despegar mis labios del vaso de agua de jamaica que estaba bebiendo; lo coloqué sobre la mesa, a un lado de mi plato vacío, y observé a mi alrededor, de un extremo a otro de la mesa, como ésta se iba vaciando. —¿Cómo dijiste? —preguntó mi amigo, sentado a mi lado derecho, quien no me había preguntado nada antes de eso; me miraba completamente desentendido—. ¿A quién le hablas? —dijo preocupado.   Acababa de recordar que, hace varios años, mientras comía con mi expareja, ésta me había preguntado por qué jamás bebía de mi vaso mientras comía mis alimentos. Había dicho, en seguida, que le parecía algo muy curioso que tuviera que esperar al hasta el final para dar el primer sorbo a mi bebida, cuando ella había terminado ya con la suya desde los primeros minutos. En aquel momento, le respondí que no lo sabía, que sería solamente eso que decía: una curiosidad sobre mí, de ésas ...

Llorar o decir te quiero

Bien dicen que las palabras no significan nada si éstas no llevan consigo sus respectivas acciones; pero, ¿saben?, las palabras también tienen su toque especial, sobre todo las escritas, las que toman su tiempo antes de fluir a través de los trazos, las que llevan en su tinta destellos tan luminosos que abren nuestras oscuridades. Así es, lo digo porque ésa es mi manera de decir te quiero, con palabras escritas; siempre ha sido así. Considero que el amor hacia las personas más especiales merece ser entintado en papel que perdure sobre la efimeridad del sonido y la memoria. Las personas que más estimo tienen una carta mía, una pequeña dedicatoria hecha a mano, un poema, un ensayo o, incluso, una semblanza completa (por aquello de ser periodista también). Estoy acostumbrado a que las personas respondan con abrazos, sonrisas, o, en la mayoría de los casos, con lágrimas que les brotan al pasar la mirada por las oraciones que entrego. Para todos y todas, soy ése que escribe las cosas más he...

Llorar o decir te quiero

Bien dicen que las palabras no significan nada si éstas no llevan consigo sus respectivas acciones; pero, ¿saben?, las palabras también tienen su toque especial, sobre todo las escritas, las que toman su tiempo antes de fluir a través de los trazos, las que llevan en su tinta destellos tan luminosos que abren nuestras oscuridades. Así es, lo digo porque ésa es mi manera de decir te quiero, con palabras escritas; siempre ha sido así. Considero que el amor hacia las personas más especiales merece ser entintado en papel que perdure sobre la efimeridad del sonido y la memoria. Las personas que más estimo tienen una carta mía, una pequeña dedicatoria hecha a mano, un poema, un ensayo o, incluso, una semblanza completa, por aquello de ser periodista también. Estoy acostumbrado a que las personas respondan con abrazos, sonrisas, o, en la mayoría de los casos, con lágrimas que les brotan al pasar la mirada por las oraciones que entrego. Para todos y todas, soy ése que escribe las cosas más...

El tiempo no sabe escribir novelas de amor

Por favor, si lees esto, solamente te pido no repetir mis pasos al terminar. No seas un idiota como yo, o una idiota. No creas que el tiempo sabe escribir. Y es que veces uno comete el error de dejar que las cosas sigan su flujo por sí mismas , sin importar si sean para bien o para mal, pues, a final de cuentas  — absurdamente —  “el tiempo lo decidirá todo”. Creemos que el tiempo es un ser mágico todo poderoso sobre el cual se escribe la historia. Lo dejamos correr y dejamos que sea nuestro autor: pondrá un poco de esto por aquí y quizás compense un poco de esto por allá, más adelante. Pero lo cierto es que nadie es lo suficientemente grande o sobrenatural para dictar siete mil millones de obras —y vidas— distintas entre sí. Sucede que constantemente buscamos un porqué injustificable para nuestras acciones y, mientras tanto, nos perdemos en nuestros ideales; dejamos de conocer y comenzamos a imaginar … Nos separamos de la realidad. Dejamos de hacer el amor —de formarlo—, por ...

La mano que nos forja

  Siempre he dicho que no importan los tropiezos, las caídas, los moretones, los obstáculos ni lo cruel que sea la vida. No hay que acobardarse. De alguna u otra manera, debe de pasar lo que tenga que pasar, así como lo que no, también… Tiene que llegar quien tenga que llegar y quedarse quien tenga que.  De cada quién y de cada qué, cada cuándo se aprende un nuevo cómo Porque cada quién puede llegar a ser como una gran espada, así, tan afilada y poderosa como el fabricante, un herrero musculoso y todo poderoso —llámesele como se le quiera llamar— quiera. Pero hay que recordar que, como la espada, alguien nos está forjando con un martillo al calor de las brasas, con un falso amor, con un miedo a superar, con un camino empedrado y empinado, o simplemente, con cada gota sudada o lágrima derramada; con cada golpe se es más resistente. Y claro que los golpes nunca terminan: buenos o malos, al final se aprende algo de todos ellos para, algún día, salir del fuego triunfante. Desde lu...

El miedo de volverse inexpresivo

No sé qué pensar. No sé qué hacer ni cómo reaccionar. La veré en unas horas, como siempre, pero esta vez no será igual, no más. No somos nada. Así me lo hizo saber después de casi cuatro años juntos, y así se lo hice saber también con mis acciones inconscientes. Sé que mañana por la mañana, cuando la vea, su mirada ya no será la misma; ya no brillará al verme: se apagará y se volverá gris. Sus palabras, de igual forma, se limitarán a contestar solamente lo que pregunte; nada más ni nada menos, pues no deberá mostrar señal alguna de debilidad. No sé si en su interior haya algo todavía de mí que le provoque un chispazo. Jamás vi un rostro con una inexpresividad tan calcinante, con la mirada fijada en la nada, sin emoción alguna que brote... Me produce un miedo descomunal; un temor profundo que ahoga con el silencio, pues temo que, en efecto, se haya olvidado ya de mí. Que la decepción que le provoqué halla robado todos nuestros momentos de felicidad que tuvimos, y que mi máscara de imbéc...

Las voces del laberinto: sobre los desastres de un desequilibrio emocional

Me siento solo ; eso es todo lo que sé; es todo lo que puedo decir de una o mil maneras. Claro que ahora tengo demasiado tiempo para invertirlo en mi familia y amigos: salimos de paseo de vez en cuando, reímos y nos divertimos, y eso es maravilloso, sin embargo, pese a estar acompañado, no puedo evitar sentirme solo. No sé si es mi lado más pesimista o el más voraz el que lo dice, pero así es: me siento solo y la soledad me pone muy triste. He caído en un laberinto cuya salida no puedo encontrar . Aquél en el que toda la gente cae; la fosa que nadie ve; el de los desequilibrios emocionales. En su interior —en el mío y en el de los demás— hay un vacío que no puede llenarse con comida, cerveza ni mucho menos, con largas horas de sueño. Cada mañana sigue ahí aun sin abrir los ojos. No he comprendido mis errores porque apenas puedo comprenderme a mí mismo ahora. Además, estoy seguro de que ese agujero se está alimentando de ellos —de mi culpa—; crece y se hace más grande —y más pesado tamb...

Amar a un gato casero

Cada día noto que te pareces más a mí, o, por el contrario, que me encuentro cada vez más en ti. Nunca pensé que hubiera otro animal más necio y temperamental en este planeta; tan perezoso pero al mismo tiempo intrépido como nadie... Entonces llegaste tú.  Apareciste para callarme con otro maullido cuando alzaba la voz. Sabes... Debo confesar que, a veces, no puedo hacer más cosas por ti que alimentarte y cansarte. Quizá sólo sepa consentirte como un gato casero… He notado, por ejemplo, cómo miras con llana mirada, desde la barda, mientras tomas el sol, aquellos dos grandes árboles a lo lejos: a los pajaritos que en ellos descansan y a los que más arriba revolotean. He notado cómo miras hacia el cielo. La profundidad de ese azul te hipnotiza, te atrapa —y hasta puedo decir—, te hace pensar en tu libertad; mas sólo cierras los ojos y dejas que el aire mueva tus bigotes a su son. Tal vez esa nostalgia te haga inofensivo para los polluelos que anidan en el jardín. Los ves atentamente ...