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Las voces del laberinto: sobre los desastres de un desequilibrio emocional

Me siento solo; eso es todo lo que sé; es todo lo que puedo decir de una o mil maneras.

Claro que ahora tengo demasiado tiempo para invertirlo en mi familia y amigos: salimos de paseo de vez en cuando, reímos y nos divertimos, y eso es maravilloso, sin embargo, pese a estar acompañado, no puedo evitar sentirme solo.

No sé si es mi lado más pesimista o el más voraz el que lo dice, pero así es: me siento solo y la soledad me pone muy triste. He caído en un laberinto cuya salida no puedo encontrar. Aquél en el que toda la gente cae; la fosa que nadie ve; el de los desequilibrios emocionales.

En su interior —en el mío y en el de los demás— hay un vacío que no puede llenarse con comida, cerveza ni mucho menos, con largas horas de sueño. Cada mañana sigue ahí aun sin abrir los ojos.

No he comprendido mis errores porque apenas puedo comprenderme a mí mismo ahora. Además, estoy seguro de que ese agujero se está alimentando de ellos —de mi culpa—; crece y se hace más grande —y más pesado también—. Porque tal vez así deba de ser.

No he comprendido nada... y comprender es lo que más quiero.

Mas, en el camino, he experimentado, por ejemplo, cómo se siente la ansiedad a mitad de la noche al no poder hallar una salida.

El corazón palpita como un tambor gigante en el pecho al más mínimo contacto con lo que ya no está, la respiración se acelera y la adrenalina corre por las venas como presa desbordada. Los ojos se inundan de lágrimas y las cuerdas vocales se tensan para liberar un grito que jamás sale.

Nadie escucha nada y, sin embargo, miles de voces —con parlantes en mano— gritan en el interior: las palabras se vuelven rocas y las rocas, pedradas… Así, en medio de la oscuridad, quedas hundido en el pánico y la desesperación mientras alguien, del otro lado de la pantalla, ríe y comienza de nuevo su vida.

El pesimismo debe crear sus propias voces.

Al día siguiente, bañado en su sudor, un actorreflejo levanta al cuerpo de la cama tan rápido como puede; necesita saber que nada pasó y que nada ha pasado. Todo ha sido un sueño u, ojalá, todo hubiera sido una horrible pesadilla, pero no es así: es la realidad que, de nueva cuenta, ha tocado la puerta.

Experimenté, por primera vez, incluso, cómo se sienten los celos… tan repugnantes como la culpa misma. Desde aquella ocasión, no pude mirarme en los espejos por mucho tiempo; corrompen hasta la más pequeña noción de razón. Aquella vez conocí la peor versión de mí mismo.

Así de graves son los desequilibrios emocionales; así de grande es el peso de los errores.

Pero he aprendido también a hablar conmigo, porque ninguna otra persona conoce el desastre que hay en mi interior… —o en el de los demás—. Hace un momento pasé por allí: es una zona de combate olvidada, parece que hubo una fuerte explosión que se lo llevó todo. En una de las paredes hay un enorme hoyo —hecho, quizá, por oraciones de enorme calibre— por el cual puede verse el vacío… Existe el riesgo aún de caer por allí y perder el camino.

He aprendido a mantenerme ocupado la mayor parte del día porque, de lo contrario, la respiración comienza a acelerarse de nuevo y la tristeza, también.

He leído todo lo que alguna vez dejé pendiente. He publicado todos los borradores de mi libreta. He aprendido a caminar erguido por la calle con un enrome peso psicológico encima que me encorva. He aprendido a disimular que me encuentro bien ya que es horrible dar explicaciones a la gente; no quiero que nadie me vea llorar de nuevo como aquella vez… Aunque es inevitable… dentro aún llevo otra bomba con un mechón prendido.

No obstante, he aprendido también que el silencio no siempre será relajante; en este laberinto, cabe decir, no hay ningún ruido ni nadie para hablar... y eso es como el infierno.

Me ha hecho escuchar con más atención a las personas cuando existe la oportunidad de conversar. Porque después sólo queda el silencio precisamente, y el remordimiento.

Pero sobre errores… No lo sé. Tampoco imagino cómo alguien podría preguntar a las personas si ya han comprendido sus errores como si se tratara de un informe que hay que entregar… Nadie puede pensar en sus errores con tantas voces hablando al mismo tiempo...

No lo sé.  Ya no sé qué más pensar… Ya no sé qué más hacer ni a dónde más ir; me encuentro perdido. Sólo paré a tomar un poco de aliento —y un trago de saliva— mientras escribía.

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