Ir al contenido principal

Una carie, un pretexto y un abandono



“Ya no me atraes” fueron las cuatro palabras que terminaron de asfixiar los últimos restos del amor que aún sentía por mí mismo. ¿Por qué? ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué llegar hasta donde guardaba mis inseguridades y atacar aquella parte de mí que siempre han lastimado, que siempre ha sido repudiada? ¿Por qué te importó tanto un diente picado? ¿Por qué? ¿Por qué no, en vez de asquearte, de apartarme de ti por el aroma que ocasionaba mi carie, de insinuarme que habías empezado a pensar en otros besos, mejor elegiste ayudarme? ¿Por qué elegiste la humillación y no el cuidado? 

No fue el diente lo que dolió, sino la forma en que lo convertiste en sentencia. Lo usaste como excusa, como coartada para irte sin culpa, como prueba de que ya no valía la pena quedarse.

Yo no perdí tu deseo, ese hermoso deseo por tu piel de canela; pero perdí el refugio que en ti encontraba. Perdí la ilusión de que alguien pudiera verme roto y aun así elegir quedarse conmigo. Y mientras tú te alejabas con asco, yo me quedé contando mis defectos, preguntándome cuántos más necesitabas para dejar de quererme. ¿Solamente uno?

No era una carie: era mi miedo de siempre el que estaba apestando, ese que ahora tiene los ecos de tu voz tan dañina. ¿No era suficiente para tu gusto caprichoso —que no puedo llamar amor ya— esperar unos meses, unas cuantas quincenas, acaso, que hubieran ventilado mi aliento? Eso hubieras hecho si tu consideración hubiera sido sincera y no sólo caprichosa.

¿Qué hay de mí? ¿No hubiera sido yo un monstruo, un asesino, si acaso me hubiera defendido de tu mal genio algún día, de tu humor impredecible y violento? Ése que, sin embargo, entendía. Porque siempre fui yo el que debía comprender, el que debía bajar la voz, el que debía anticipar tus tormentas para no provocarlas.

Entonces, si yo aprendí a caminar de puntillas dentro de ti, ¿por qué tú no lo hiciste conmigo? ¿Qué tuvo de malo querer hacer de tus defectos mis planes para el futuro? Yo no te pedí que fueras distinta; sólo que no me rompieras. Te acepté con aristas, con sombras, con días en los que no sabías querer, y aun así aposté por nosotros.

¿Por qué tú no supiste habitar mis fragilidades? ¿Por qué tuviste que ser tan egoísta? ¿Por qué donde yo puse cuidado, tú pusiste tu juicio? Donde yo hice espacio, tú señalaste. No quisiste caminar despacio conmigo; preferiste correr lejos cuando viste que amar también implicaba sostener, ¿no es así? 

Yo te elegí con todo y tus grietas. Tú me soltaste por las mías. Fallé por tener una carie y, también, por creer que alguien verdaderamente podía aprender a cuidarme. Al final, no fui tu historia, no fui el cuidado con el que te traté ni el amor con el que te procuré; simplemente fui un diente podrido, un mal olor al final, y tú tomaste la decisión de arrancarme, a mí a mis raíces que no volverán a su anhelo.


Comentarios

Entradas más populares de este blog

¡Échale flit!: Crónica de un primer beso con insecticida

Arantza no paró de molestar: antier, no dejaba de pellizcarme las piernas por debajo de nuestro pupitre, cada vez que el profesor Misael se alejaba al fondo del salón. Se reía como loca, con ese diente de metal que siempre se le asoma cada que abre la boca. Un pellizco y jijijí. Otro pellizco y jijijí. ¡Qué coraje que me hayan cachado justo cuando iba tomando vuelo para pegarle un puñetazo en la cara! “Pero ¡¿qué te pasa, José? ¿Qué vas a hacer?!”. El profesor no escuchó mis quejidos toda la clase; pero sí, el gritote que dio Arantza cuando me levanté frente a ella todo enojado. Cuando volví de la dirección, ya no estaban ni mi lápiz ni mis colores en mi lapicera, ésos me los acababa de comprar mi mamá. Pero la profesora Patricia sí escuchó cuando le grité a Arantza que me los entregara; ella ya sabe que es una ratera, y que yo nunca digo mentiras. La regañó feo frente a todos; pero sólo tuve de vuelta mi lápiz, quién sabe dónde escondió lo demás. Cuando íbamos a esculcarla, abrazó s...

Los que no saben bailar

El hombre frente a mí tiene la cara agria, el ceño le pesa y tuerce la boca de un lado a otro. Tiene puesta la mirilla en la espalda escotada de su esposa, quien baila salsa con un muchacho alto que se levantó para llevarla a la pista hace rato; van ya por la tercera canción al hilo y no se separan, incluso han comenzado a charlar. Al hombre empieza a darle un tic en el párpado izquierdo, que contiene con bruscas gesticulaciones, con el entrecejo apretado. Pareciera estar a punto de jalar un gatillo que estallará la pólvora que hay en sus ojos. Pero hace una pausa para dar un sorbo a su bebida mezclada con cola. Cuando deja el desechable sobre la mesa, la música cesa con las ovaciones de los presentes. El muchacho agradece a la mujer de vestido verde y ésta vuelve a su silla, exhausta, a un lado de quien iba a ejecutarla, a la distancia, hace unos instantes tan sólo. —¿Cansada? —pregunta el hombre de corbata azul cielo al mirar las mejillas chapeadas de su mujer. —Sí —contesta el...