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Mostrando las entradas con la etiqueta Relatos de un noctámbulo

Soñar con danzón

La cama que surca la noche ha quedado varada en los pensamientos que anteceden al sueño. Parece que el tráfico es denso sobre la almohada. Habrá que esperar un poco más en la oscuridad. Pero no es una situación que los audífonos, con la música predilecta, no puedan sobrellevar.  La reproducción aleatoria ha soltado un hermoso danzón para amenizar el camino hacia el sueño: Nereidas. Aunque los pies quieren moverse al son de la orquesta, el cansancio de la jornada los tiene cautivos. Sólo al cerrar los ojos se cumple la fantasía. Y allí está uno de nuevo, imaginándose en una agraciada pieza con una bella pareja cuyo rostro es anónimo.  Al poco rato, el ritmo lento y cadencioso se hace del cuerpo. Los ademanes figuran un torso al que abrazan en la oscuridad, en la imaginación que los mueve, que guían los trombones del delicioso montuno. Los bailadores quedan embelesados y, aunque no tienen rostro, se miran y sienten mientras la música los fusiona. Las caderas se juntan más unas c...

Papá se fue

La tarde que papá se fue, mis lágrimas se sentían diferentes; no eran calientes como las que brotan para tratar de sanar las heridas que deja la angustia, como las que salen a aminorar el dolor. No. Mis lágrimas quemaban como el rastro que deja un cubo de hielo que se derrite en la piel, helaban como el miedo que cae pesadamente y explota en el interior del estómago. Aquella tarde, caminando por los pasillos de la estación Pantitlán, papá volteó y se despidió secamente de mí. Rechazó uno de mis abrazos y comenzó a regañarme. Dijo que me estaba preparando para ser un adulto, que ya debía entender muy bien esas cosas. Ciertamente, no entendía por qué se iba. Dio otra media vuelta y se marchó con un ceño horrible en el rostro; yo lo seguí, pese a la advertencia que me dieron sus ojos, porque sentía ya un miedo tremendo en el fondo. Al bajar del vagón, previamente, noté cómo había quedado mirando afanoso los rieles bajo las plataformas, como si hubiera querido saltar de repente, antes ...

Cuando llega la noche

Cuando llega la noche, en el filo de la sinceridad que traen consigo los bostezos previos al sueño, uno quisiera conversar sobre los porqués que hacen falta en la vida, sobre las interrogantes que, de vez en cuándo, los pensamientos botan accidentalmente fuera de la cabeza, o sobre las preocupaciones que la rutina desecha después de comernos. Cuando llega la noche, uno quisiera hacer un sinfín de preguntas y escuchar, para cada una de ellas, las respuestas divagantes de la otra parte, mismas que, al final —como si las palabras tuvieran su vida propia—, llevaran a otras cuestiones, absurdas o brillantes. Cuando llega la noche, quisiera uno hablar y hablar y conversar  —con alguien que no fuera la propia consciencia— hasta quedar dormido; pero el problema de la noche es ése precisamente: que, cuando ésta cae, todos ya duermen.