La cama que surca la noche ha quedado varada en los pensamientos que anteceden al sueño. Parece que el tráfico es denso sobre la almohada. Habrá que esperar un poco más en la oscuridad. Pero no es una situación que los audífonos, con la música predilecta, no puedan sobrellevar. La reproducción aleatoria ha soltado un hermoso danzón para amenizar el camino hacia el sueño: Nereidas. Aunque los pies quieren moverse al son de la orquesta, el cansancio de la jornada los tiene cautivos. Sólo al cerrar los ojos se cumple la fantasía. Y allí está uno de nuevo, imaginándose en una agraciada pieza con una bella pareja cuyo rostro es anónimo. Al poco rato, el ritmo lento y cadencioso se hace del cuerpo. Los ademanes figuran un torso al que abrazan en la oscuridad, en la imaginación que los mueve, que guían los trombones del delicioso montuno. Los bailadores quedan embelesados y, aunque no tienen rostro, se miran y sienten mientras la música los fusiona. Las caderas se juntan más unas c...
Cuentos, crónicas, relatos de la nada y alguna que otra opinión.