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Los abandonados y los que se fueron




Debajo de una frondosa rama, una mariposa monarca dejó su capullo. Tan pronto como su última patita quedó liberada, muy preocupada y a toda velocidad, emprendió su vuelo. “¡Hacia arriba!”, gritó, y hacia arriba partió.

Siguiendo el largo del tronco, vislumbró un hueco entre las copas más altas. Zigzagueó un par de veces antes de llegar a la cima, entre movimientos torpes y atarantados, y se posó, por fin, en la punta de un gran oyamel.

Cual imponente águila hambrienta, examinó todo el lugar minuciosa: buscó por encima del bosque, de norte a sur y de este a oeste, pero nada encontró. A su costado derecho, otra mariposa hizo lo mismo, y detrás de ella, otra más… Eran cientos, no, miles de aladas revoloteando sobre cada conífera; millares de ojos buscando desde las alturas, en los pequeños claros y en los alrededores del bosque, un sentimiento que se había ido sin despedir.

Más arriba, sobre las nubes, el sol —intrigado— vio nada más que un mosaico anaranjado que cambiaba de forma: las mariposas que estaban en tierra subían y turnaban con sus compañeras en las copas. Otras habían organizado brigadas que entraban y salían del bosque sin cesar.

Todas las mariposas buscaban a Homero, incluso las nuevas, y las pequeñas orugas que siendo larvas nunca lo vieron; todas supieron al nacer que alguien faltaba. Pesarosas, las orugas dejaron de comer y las crisálidas jamás pudieron dormir.

Homero no estaba más.

Lo último que se supo fue que había ido a ver a esas extrañas máquinas que merodeaban las entradas del bosque… Muchísimo más ruidosas que el peor de los monstruos y más hambrientas que la bestia más voraz; volvían la madera en nubes color gris y al agua la hacían tinta negra. Detrás de su paso destructor, nada volvía a crecer.

Conforme pasaron los días, el sol —muy entristecido— dejó de salir. Los meses devoraron a las semanas y Homero no apareció…

—Mi Eugui tampoco volvió —comentó tiempo después una rana a las mariposas—: Me lo quitaron. Alguien vino a hacerle daño por haber cuidado de mi familia.

La rana había salido impulsada hacia la superficie desde su estanque cuando vio a la enorme bandada naranja surcar por los cielos. Todas volvían desconsoladas a su hogar.

—¡Llévenme volando con ustedes! ¡Se los ruego! Mi futuro aquí es incierto —les dijo saltando desesperadamente.

Las mariposas descendieron y, consternadas, sólo pudieron callar frente a la angustia del anfibio.

Un perro que las había estado siguiendo desde tierra escuchó todo. Crujió las hojas regadas bajo sus patas y se mostró cabizbajo, apartando una rama seca con su hocico:

—También vinieron por Samir hasta la casa hace un año porque defendía nuestro hogar de esas cosas que pintan el agua… Desde entonces vago sin rumbo.

El perro también insistió, después, en acompañarlas.

Sin sus seres más queridos, poco sentido tenia quedarse en un lugar melancólico que comenzaba a volverse gris.

Estaba decidido: seguirían el camino de las mariposas por tierra hacia el norte.

Pero entonces, antes de partir, a toda velocidad apareció una numerosa parvada de tórtolas que cubrió el cielo sobre ellos. Parecían desesperadas por sus aleteos.

—¡Váyanse de aquí todos! —gritaron desde el aire—: ¡Volvieron las nubes de humo!

Varias ardillas apabulladas también pasaron brincando entre las ramas para salvar sus vidas.

Entonces vino el primer estruendo a lo lejos. La tierra, al igual que los huesos y el corazón, retumbó bestialmente tras un ensordecedor rugido metálico.

Al volver la vista todos juntos, vieron caer uno a uno a los imponentes árboles a lo lejos, incluido el gran oyamel al que aquella mariposa había subido primero.

En ese instante de miedo, todos lo supieron: ninguno volvería a su casa otra vez, o quizá no habría otra vez como no habría más casas, o color verde que comenzaba a agrisarse.

Asustados, se miraron entre sí. Alguna de las mariposas había buscado resguardo en el lomo erizado del perro, con las antenas agachadas.

Pero nadie se movió.

—Homero no habría huido así —dijo una de las mariposas temblando—. Él no les temía a esas cosas gigantes.

—¡Tampoco Samir! —exclamó el perro.

—Y mi Eugui… ¿Qué diría si no ayudo a los demás animales como él lo hizo conmigo? —añadió la rana.

Después de pasar un trago de saliva, todos dieron la vuelta y guardaron su miedo tembloroso.

Todos volvieron al bosque.  

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