Ir al contenido principal

Sigue caminando


Un pobre hombre viene por allá. Paso a paso, camina sin prisas, pues no le quedan más. Tampoco le quedan fuerzas; está totalmente descargado. De vez en cuando tropieza y arrastra uno de sus pies encadenado a una enorme pesa hecha de culpa.

No mira hacia al frente ni hacia atrás; no olvida nada ni mucho menos busca algo.  Sólo sigue caminando. Le han robado su brújula y hora sigue a la nada.

Posiblemente no sepa en dónde se encuentra; camina en círculos como un ciego primerizo.

Sus ojos no son negros ni marrones, no brillan ni se mueven… La tristeza se los ha comido; los ha dejado secos, cubiertos por una catarata gris. Ya no dicen nada ahora y sus párpados quieren esconderlos; los cubren cuanto pueden para que nadie los vea. Y es que en su interior ya no hay nada; ha quedado vacío como una figura de porcelana. Se lo han quitado todo.

Ni siquiera intenta usar sus manos para guiarse de algo; no le importa qué haya al frente. Seguramente cualquier pared dolerá menos que ese enorme agujero que lleva en el pecho; puede verse a través de él... Fue una terrible explosión. Parece que tuvo una granada por corazón todo este tiempo… Pero aquel hombre sigue caminando.

Sus mangas cuelgan sin voluntad; están vacías también. Se ha quitado las manos a mitad del camino. Tanto tiempo sujetaron otras palmas que la suyas se volvieron ajenas. No soportaron más: se rebelaron y fueron a buscar otro apretón… otra caricia que no existe.

Alguien, de pronto, le ha preguntado qué ha pasado, pero el hombre no puede hablar. Él mismo ha cosido su boca para no volver a decir una palabra más; ninguna ha servido. Las que quedaron dentro yacen atoradas en su garganta en un enorme nudo que sigue creciendo; no lo dejan respirar.

Extiende el brazo sólo para apartar a la otra persona de su paso. Sólo sigue caminando.

Su cuerpo está cubierto por enormes espinas que ni siquiera intentó retirar. Todas están grabadas; todas fueron lanzadas a matar… Parece que no pudo defenderse… Sólo es cuestión de tiempo para que su veneno haga efecto; para que deje de andar...

Sigue a gatas arrastrando su enorme grillete, pero no puede más; pesa demasiado.

A sus espaldas aparece alguien más y el hombre voltea; sabe perfectamente de quién se trata. Da la vuelta y se aproxima al encuentro; no necesita la vista para ello, mucho menos, voluntad. Pero, de pronto, sus manos, las que se había arrancado, llegan de golpe contra su cara. La otra persona se las ha arrojado de vuelta…

—Diles que dejen de buscarme —dice una voz—. No es bueno que me recuerdes.

Es nada más y nada menos que su verdugo, aunque eso a aquel hombre le importa poco y continúa acercándose. Comienza a incorporarse.

Por fin están frente a frente.

Ahora su verdugo, aunque hermosa, prepara su movimiento final. Ya no tiene piedad alguna, justo como la terquedad. Está lista para acabarlo. Se acerca a él y susurra algo a su oído: tres palabras o quizá cuatro. Se aleja mientras el hombre, en seguida, cae de rodillas al suelo; sus oídos han comenzado a sangrar como si sus tímpanos reventaran al contacto con la voz.

Algo comienza a salir bruscamente por las hendiduras de su boca, por sus ojos y su nariz: es su alma que se va. No soportó escuchar aquellas palabras tan calcinantes al oído. Escapa hacia el cielo. Ahora sólo queda un cuerpo vacío.

Pero para su verdugo no es suficiente. Hecho el daño, se aleja y toma su distancia. Despliega un arco y un par de flechas: una dice olvido y la otra, reemplazo.

—¿Puedo hacerlo yo? —pregunta una nueva voz a su lado: es su acompañante—. Puedo asestarle más daño.

—No, querido, debo hacerlo yo —contesta el verdugo—. Yo inicié esto y yo debo acabarlo. No quiero que nos siga.

Entonces, la flecha marcada con olvido asesta en una de sus piernas, la que no lleva el grillete. En cuestión de segundos se prende en llamas color rojo. El hombre se ha quedado sin una de sus piernas ahora. Y, justo después, reemplazo asesta en su pecho con violencia. Fue un impacto rápido.

El hombre intenta levantarse nuevamente para seguir caminando, pero esta vez resulta inútil. Comienza a consumirse en llamas rápidamente. El calor infernal rompe la cadena cuando llega a su pie. Está liberado por fin: fulminado en su libertad.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Una carie, un pretexto y un abandono

“Ya no me atraes” fueron las cuatro palabras que terminaron de asfixiar los últimos restos del amor que aún sentía por mí mismo. ¿Por qué? ¿Por qué hacerlo? ¿Por qué llegar hasta donde guardaba mis inseguridades y atacar aquella parte de mí que siempre han lastimado, que siempre ha sido repudiada? ¿Por qué te importó tanto un diente picado? ¿Por qué? ¿Por qué no, en vez de asquearte, de apartarme de ti por el aroma que ocasionaba mi carie, de insinuarme que habías empezado a pensar en otros besos, mejor elegiste ayudarme? ¿Por qué elegiste la humillación y no el cuidado?  No fue el diente lo que dolió, sino la forma en que lo convertiste en sentencia. Lo usaste como excusa, como coartada para irte sin culpa, como prueba de que ya no valía la pena quedarse. Yo no perdí tu deseo, ese hermoso deseo por tu piel de canela; pero perdí el refugio que en ti encontraba. Perdí la ilusión de que alguien pudiera verme roto y aun así elegir quedarse conmigo. Y mientras tú te alejabas con asco, ...

¡Échale flit!: Crónica de un primer beso con insecticida

Arantza no paró de molestar: antier, no dejaba de pellizcarme las piernas por debajo de nuestro pupitre, cada vez que el profesor Misael se alejaba al fondo del salón. Se reía como loca, con ese diente de metal que siempre se le asoma cada que abre la boca. Un pellizco y jijijí. Otro pellizco y jijijí. ¡Qué coraje que me hayan cachado justo cuando iba tomando vuelo para pegarle un puñetazo en la cara! “Pero ¡¿qué te pasa, José? ¿Qué vas a hacer?!”. El profesor no escuchó mis quejidos toda la clase; pero sí, el gritote que dio Arantza cuando me levanté frente a ella todo enojado. Cuando volví de la dirección, ya no estaban ni mi lápiz ni mis colores en mi lapicera, ésos me los acababa de comprar mi mamá. Pero la profesora Patricia sí escuchó cuando le grité a Arantza que me los entregara; ella ya sabe que es una ratera, y que yo nunca digo mentiras. La regañó feo frente a todos; pero sólo tuve de vuelta mi lápiz, quién sabe dónde escondió lo demás. Cuando íbamos a esculcarla, abrazó s...

Los que no saben bailar

El hombre frente a mí tiene la cara agria, el ceño le pesa y tuerce la boca de un lado a otro. Tiene puesta la mirilla en la espalda escotada de su esposa, quien baila salsa con un muchacho alto que se levantó para llevarla a la pista hace rato; van ya por la tercera canción al hilo y no se separan, incluso han comenzado a charlar. Al hombre empieza a darle un tic en el párpado izquierdo, que contiene con bruscas gesticulaciones, con el entrecejo apretado. Pareciera estar a punto de jalar un gatillo que estallará la pólvora que hay en sus ojos. Pero hace una pausa para dar un sorbo a su bebida mezclada con cola. Cuando deja el desechable sobre la mesa, la música cesa con las ovaciones de los presentes. El muchacho agradece a la mujer de vestido verde y ésta vuelve a su silla, exhausta, a un lado de quien iba a ejecutarla, a la distancia, hace unos instantes tan sólo. —¿Cansada? —pregunta el hombre de corbata azul cielo al mirar las mejillas chapeadas de su mujer. —Sí —contesta el...