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Cita con el silencio: un relato de amor y soledad

Hoy por fin me reuniré con ella.

Ha pasado muchísimo tiempo desde la última vez que nos vimos: dos años exactamente; dos años en los cuales los rayos del amanecer han golpeado mi cara, día con día, recordándome cómo se vive la soledad y cómo se escucha el silencio: ¡Tan frío y patético sin su risa! ¡El peor infierno en esta triste vida!

Pero hoy por fin habrá de llegar a su fin toda esta pesadilla. Y no hay tiempo que perder. Debo irme antes que aquella mujer, la otra, me encuentre, antes de que vaya a buscarme.

Tras un buen baño, bien peinado y bien afeitado, vestido como poco hubiera logrado el amo de la elegancia, con mi corbatín rojo y mis tirantes que tanto le gustan a sus manos traviesas, oliendo al más fino y rico perfume, voy a su encuentro. ¿Algún presente? Entero, mi amor que ha soportado uno a uno los golpes del tiempo y de la locura, y en la bolsita de mi camisa, unas palabras que, con la tinta de mi plumilla y con el calor de mis letras, le harán saber mi angustia desde que me falta su aroma.

A la orilla del lago, me monto a un pequeño bote de madera. Rápidamente lo libero de su bita y me alejo remando hasta perderme en aquella línea que acaricia el cielo… hasta que se me caigan los brazos o, dicho mejor, los remos.

Me he alejado bastante de la orilla y el lago sigue siendo inmenso. Verdaderamente es imponente… aunque no tanto, claro, como mi dolor o como mis ganas de volver a escuchar su dulce voz...

Si alguien pudiese verme desde arriba, pues, yo sería un pequeño punto insignificante que flota sin dirección sobre una corriente varada, pero, al mismo tiempo, todo este líquido no alcanzaría, siquiera, a llenar la bañera de la melancolía que me come. A esa maldita la escucho en todas partes; me ha buscado en la nada inclusive.

Pero ahora me hallo varado justo en medio del agua, en la zona más profunda donde el azul, ingenuo, comienza a mezclarse con la extrañeza del negro que viene desde allá abajo. Me acuesto en el bote y cierro mis ojos. De pronto el viento deja de soplar, el agua queda muda y el sol, sin importarle aún, continúa deslumbrando con toda su fuerza. Las aves lugareñas ya han cesado su vuelo.

Tras un rato olvido en dónde me encuentro. Y, a decir verdad, no me importa ahora. Jamás había estado ante un silencio tan callado y, más que nada, tan respetuoso conmigo. Éste no me atropella con su frío pesimismo, no me ofrece ningún recuerdo que hiera… Nada... No hay nada malo aquí…

Cuando por fin me siento en paz con la vida, me pongo de rodillas y me muevo a una orilla del bote. El agua debajo ciega como ningún brillante. Así, tan hermosa como… como ella solamente…

Está allí. Está sonriéndome. Está allí, a un lado del bote… Mi amada, mi vida. Llegó a nuestro encuentro, tan puntual como siempre, pero... ¿Qué pasa? Su silueta comienza a sumergirse... ¡No! Aún es muy pronto.

Decidido a no perderla de nuevo, extiendo mis manos hacia ella, levanto mis rodillas y, lentamente, con mi mejor sonrisa, me sumerjo sujetando sus manos; las he alcanzado a tiempo. Con mis ojos, me aferro a ese rostro tan hermoso mientras descendemos hasta perder el último rayo de sol... hasta perder la última burbuja de aire.

Ahora estaremos siempre juntos, ahora el silencio no dolerá, pues será de los dos.

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